José Ángel Verdeja | De Santander a Liébana«Necesitaba salir de la ciudad y respirar un poco de aire puro»

Dice José Ángel Verdeja que echaba tanto de menos su vida en Liébana que, a veces, cuando salía a pasear por el Parque Tecnológico, en los alrededores de su vivienda familiar, situada en Corbán, sentía unas ganas irrefrenables de enfilar la carretera nacional y no parar de andar hasta Ojedo, donde desde el lunes se despierta disfrutando de panorámicas dignas de una postal.

«Esto es el paraíso», resume. «En Santander no estaba mal. Pero aquí estoy mucho mejor». Después de dos meses confinado en la ciudad, sin más que hacer que extrañar las montañas, «necesitaba respirar aire puro». Y qué mejor manera de hacerlo que a las mismas faldas de los Picos de Europa.

José Ángel, que en el año 1997 decidió traerse hasta Santander los sabores de su Liébana natal para servirlos en El Desfiladero, un popular restaurante santanderino que tras su jubilación dejó en manos de sus hijos mayores, ya no aguantaba más.

Tan pronto como supo que el Gobierno había levantado la restricción que prohibía desplazarse a las segundas residencias, cogió la maleta y tiró para Ojedo. «A las nueve de la mañana ya estaba en el Ayuntamiento recogiendo el permiso».

«A las nueve de la mañana del mismo lunes ya estaba en el Ayuntamiento de Cillorigo recogiendo el permiso»

Él solo. «Mi mujer ha preferido quedarse allí, en Santander, y los chavales, José Ángel y Alex, están ultimando los preparativos para la reapertura del mesón», que, en buena parte, se abastece de los extraordinarios productos de la huerta de su padre.

«Aquí tengo una pequeña finca en la cultivo tomates, pimientos, repollos, berzas, lechuga…». Productos frescos y naturales que cultiva él personalmente y que luego van camino del mesón. «Y también algunos animales». Pollos y conejos, especialmente, que en estos meses de encierro ha estado alimentando y cuidando su primo Mingo.

«Todo esto da mucho trabajo», dice el lebaniego, que no se aburre. Para nada.

«Aquí aburrirse es imposible. Cuando no estoy en la huerta estoy encargándome de los animales y cuando ya no hay más faena por hacer me acerco a Potes, veo a mis amigos de siempre o, como voy a hacer hoy, llamo a mis primos y preparamos un almuerzo en casa».

Una vida «muy relajada», dice, lejos del estrés que ya le estaba empezando a producir su encierro en la ciudad.